En última instancia, todo tiene arreglo, menos la dificultad de ser, que no la tiene.
Jean Cocteau
Hace unos días, justo al terminar una sesión y despedirme de la persona, cerré la puerta y automáticamente, apareció en mí el siguiente pensamiento: ser o no ser, sigue siendo la cuestión.
En la obra «Hamlet», Shakespeare, parece mostrar una historia de venganza. Sin embargo, lo que nos muestra es el conflicto de valores que se da en el protagonista, el cual lidia con una lucha interna, entre lo que debería o no debería hacer, entre lo que debería o no debería ser.
Traída aquí, la vivencia de Hamlet, nos sirve para entrar en esta reflexión; al menos me regala el título.
Una sociedad enferma. Lo que pide el entorno
Actualmente, hay profesionales de la psicología (entre las que me encuentro) que se plantean, cuánto influye la sociedad en la vivimos, en los problemas de salud mental que están llenando las consultas.
La idea de éxito vital que se nos vende, influye directamente en problemas de estrés, ansiedad, estados depresivos, y un sentimiento de insatisfacción vital cronificado que afecta a muchas personas, de las cuáles un grupo importante está entre los 25 y los 35 años.
La idea de éxito a la que me refiero, establece lo siguiente: cuanto más productivos más capacidad de consumo; cuanta más capacidad de consumo, mayor felicidad.
Sin embargo, lo que sucede es: cuanto más productivos, más agotados; cuanta más capacidad de consumo más anestesiados; cuanta más sensación de falsa felicidad, más real el vacío. Entonces viene la crisis.
La idea de éxito que se nos vende, establece lo siguiente: cuanto más productivos más capacidad de consumo; cuanta más capacidad de consumo, mayor felicidad.
Nuestra sociedad del bienestar, es paradójicamente, una sociedad enferma, que nos quiere automatizadas, frustrados e insatisfechas, para mantener este sistema, del cual somos co-creadores y víctimas al mismo tiempo.
Introyectos. Lo que nos pide la familia
Otro de los aspectos que influyen en la dificultad de descubrir quiénes somos o quiénes queremos ser, tiene que ver con lo que interiorizamos desde la infancia.
Un introyecto es un mecanismo a través del cual guardamos ideas, creencias y actitudes como correctas o incorrectas, según nos las trasmitan las figuras significativas que nos rodean durante la niñez, (padres, profesores, etc…).
Es algo que nos tragamos sin masticar, debido a que nuestro criterio propio aún no se ha desarrollado; se trata de una especie de mandato con el que cumplimos inconscientemente, a lo largo de nuestra vida.
Un introyecto es un mecanismo a través del cual, guardamos ideas, creencias y actitudes como correctos o incorrectas, según nos las trasmitan las figuras significativas que rodean nuestra niñez.
Algunos ejemplos de introyectos pueden ser: los niños no lloran, hay que casarse y tener hijos, las niñas buenas no pelean, no te puedes fiar de nadie, la vida es sufrimiento, etc.
Es todo un proceso identificar aquello que nos hemos tragado sin masticar, para desecharlo, si es lo que necesitamos hacer, y elegir así cuáles son nuestras propias creencias, valores y elecciones vitales.
Se requiere de un trabajo personal complejo, confuso, y también, necesario para poder vivir en base a una misma.
Auto-concepto. Lo que me pido yo
Según Carl Rogers el autoconcepto se construye en base a tres aspectos: cómo me veo, cómo me valoro, y cómo me gustaría ser (imagen, autoestima y yo ideal, respectivamente).
De manera que la forma en que nos percibimos se va construyendo de muchas cosas. Lo interesante aquí, es comprender que el auto-concepto no es algo estático, sino dinámico. La forma en que nos percibimos puede evolucionar, de hecho, es lo deseable según maduramos.
Imagina quedarnos con un concepto de nosotros, creado en base a lo que recibimos o no de pequeños, y en base a lo que una sociedad enferma nos impone… espera… sucede, nos sucede.
Sucede porque desaprender ciertas creencias, que están bien marcadas y muy adentro, abre un conflicto con una misma, y posiblemente con el entorno al que no le encaje ese des-aprendizaje.
Sucede porque distinguirse del grupo, puede provocar la sensación de estar fuera de lugar, y esta es una sensación que va de incómoda a dolorosa, según la intensidad de la misma, y la sensibilidad de la persona.
Brújula interna
Somos individuos y somos grupo. Necesitamos al grupo para desarrollarnos como individuos, y necesitamos conservar nuestra individualidad para no perdernos en él. Las dos cosas son verdad.
Diferenciarse del grupo, y cuando digo grupo, me refiero a familia y sus creencias, o a esta sociedad enferma y sus imposiciones, requiere de una buena dosis de autodeterminación.
Una tiene que armarse de valor para poner la intención en conocerse, y hacerse cargo de lo que encuentra. Es decir, cuestionarse lo que ya no le sirve, independientemente de lo que marque la supuesta normalidad que le rodea, y vivir de acuerdo a los propios valores, y una forma propia también de ver el mundo.
Toca ajustar esa brújula interna con la que contamos dentro de cada una de nosotras, y permitirnos ser, a pesar de todo. Esto, también es salud mental.
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Amiga, el gran dilema de la vida. 😊